Palacio de la Aduana

Aduana


La Aduana – concretamente su tejado- es un silencioso y permanente memorial de un suceso nada fortuito: un incendio declarado en mayo de 1922 es el responsable de la pérdida de la cubierta de tejas que el palacio ostentaba desde su construcción.

El incendio empezó en la planta baja, en el archivo de la Comandancia militar, a una hora en que el «autor» sabía que, por el relevo de la guardia, que requiere su tiempo, nadie vigilaba y los habitantes de la Aduana -familias de carabineros y funcionarios de media hambre- suelen dormir. Los legajos arden maravillosamente, sus chispas se propagan al depósito de mercancías decomisadas. Las vigas podridas al inflamarse y caer obstruyen el paso de las escaleras ¡No se deja rastro! (…) Aún escuecen las heridas de Marruecos. Ya se sabe que había irregularidades en Intendencia, que se ha convertido en ceniza. Mucho trabajo costó conseguir las declaraciones y ciertos documentos comprometedores. (…) El expediente no es una invención mía. Para escudar a unos criminales, a unos negociantes desalmados, se queman vivas a muchas personas. Es lo que sé. Y también que se intenta salvarlos ahora, porque puesta en marcha la poda, ¿dónde concluiría? En el trono, por lo pronto.
(El Destino de Lázaro)

Las «heridas de Marruecos» a que se aluden no son otras que el conocido como Desastre de Annual. Para la determinación de las culpas correspondientes respecto a estos hechos se encargó al general Juan Picasso González una investigación, con la estricta observación, impuesta por el gobierno, de evitar que la investigación pudiera alcanzar al Alto Mando del territorio. Las responsabilidades, se sospechaba, alcanzaban, sin embargo, hasta al Rey mismo. Entre las trabas puestas a esta investigación, el incendio de la Aduana no será la más grave: La defensa corporativa militarista y la intangibilidad de los más sagrados tabúes jugarían un papel no desdeñable en la inmediata y positiva aceptación real de la dictadura de Primo de Rivera, y en la decisión misma de éste a dar ese paso.

Continuamos leyendo en la novela de Manuel Andújar:

Arde la Aduana por los cuatro costados, «de punta a punta». Un expediente que se derrite y unos oficiales ladrones que no aceptan que los enjuicien, y la complicidad de las autoridades, temerosas de que los militares, por un mal entendido espíritu de Cuerpo, se atufen y…